No hay que confundir gordura con hinchazón

La inflamación sistémica de bajo grado conecta obesidad, diabetes, hígado graso no alcohólico, enfermedades autoinmunes como tiroiditis de Hashimoto, lupus, artritis reumatoide, Alzheimer y depresión. Inactividad, microbiota alterada, tóxicos ambientales y estres la sostienen. La Dra Morquio lo explica con rigor.

Dra. Alicia Morquio

7/28/20269 min read

No hay que confundir gordura con hinchazón.

Inflamación sistémica de bajo grado: una condición que conecta nuestra forma de vida, con las enfermedades que padecemos


Otra vez más estaba mi abuela insistiendo en ir a la peluquería, odiaba que me viera como una hippie, pero yo amaba mi pelo largo rizado al natural y aún moldeado por el salitre de la playa. Más allá de mi insistente rebeldía accedí, como siempre por un beneficio secundario que por costumbre se relacionaba con mis necesidades económicas. Ahí, en el elegante asiento de la peluquería, a mis espaldas escuché a mi querido peluquero una frase que resonó en mis oídos hasta el día que pude afirmar que no era completamente cierta. “No hay que confundir gordura con hinchazón” decía serio y convencido con las tijeras en la mano mientras me miraba a través del espejo.

Por hinchazón la gente hace referencia a una variedad de procesos que se expresan por el aumento de tamaño de una parte del cuerpo, junto con el calor, el rubor y el dolor, definen lo que conocemos como inflamación. Este es el mecanismo que utiliza nuestro cuerpo para afrontar infecciones o lesiones a través de la participación del sistema inmune.

Cuando se infecta una herida en un dedo o un virus afecta nuestros bronquios, las células del sistema inmune identifican el problema y liberan una gran cantidad de moléculas que intentan limitar la extensión de la infección. Una vez hayan matado a los causantes, deberán detener la respuesta y restituir los tejidos a la normalidad. Si el problema lo amerita, y por el efecto de algunos de éstos mediadores químicos, cambia nuestra conducta: sentimos tristeza, fatiga, falta de ganas para hacer cosas cotidianas, disminuye el deseo sexual y el hambre, tenemos más sueño y a veces retraimiento social.

De ésta forma el cuerpo concentra la energía en los procesos prioritarios, en este ejemplo infecciosos. También y con la finalidad de gestionar recursos para el sistema inmune, se produce un incremento de la tensión arterial, un aumento del azúcar y de las grasas en sangre para poder ser utilizadas como energía para el sistema inmune.

Es decir podemos ver cómo estos sistemas, inmunitario, metabólico, circulatorio y psíquico- emocional se coordinan funcionalmente priorizando algunas actividades sobre otras para resolver un problema concreto y temporal en respuesta a un estímulo determinado. Este enfoque sobre los procesos inflamatorios denominados agudos, es decir los de corta duración, es el que más conocido tenemos desde la medicina.

Paulatinamente vamos caracterizando otro tipo de inflamación, uno que se prolonga en el tiempo, que es de baja intensidad y que termina afectando a múltiples órganos y sistemas. Se vincula a las enfermedades que actualmente predominan en occidente y se conoce con el nombre de “Inflamación sistémica de bajo grado” El primer damnificado de ésta condición es el propio sistema inmune, perdiendo la capacidad que tiene de no atacar al propio cuerpo, la llamada tolerancia inmunológica. Al mismo tiempo pierde capacidad “defensiva” aumentando nuestra susceptibilidad a infecciones y a desarrollar cáncer. Si, leyó bien. Permanentemente nuestro cuerpo genera células alteradas que el sistema inmune detecta, desactiva y elimina, actuando como un control de calidad, por tanto, cuando se altera esta función, aumenta el riesgo de cáncer. También las vacunas dependen de la capacidad funcional del sistema inmune, y cuando este está alterado se pierde la efectividad de las mismas.

Este estado inflamatorio permanente aumenta con el envejecimiento y progresivamente altera el estado y la función de órganos y tejidos. Las consecuencias están claramente vinculadas a las enfermedades crónicas como el síndrome metabólico, que incluye la tríada de hipertensión, diabetes y dislipidemia; enfermedad de hígado graso no alcohólico (EHGNA); enfermedad cardiovascular (ECV); enfermedad renal crónica; varios tipos de cáncer; depresión; enfermedades neurodegenerativas; osteoporosis; y enfermedades autoinmunes, como la Tiroiditis de Hashimoto, el Lupus, la Artritis Reumatoide etc. Las tasas de estas enfermedades han aumentado drásticamente tanto en personas mayores como jóvenes que viven en países industrializados y que siguen un estilo de vida occidental, pero son relativamente raras entre las personas de poblaciones no occidentalizadas que se adhieren a dietas, estilos de vida y nichos ecológicos que se asemejan más a los presentes durante la mayor parte de la evolución humana.

A continuación revisaremos algunos factores que desencadenan la inflamación sistémica de bajo grado y mencionaremos brevemente los mecanismos subyacentes.

¿Que inicia esta respuesta inflamatoria?


Se han identificado cambios en el comportamiento de las células inmunes, que bajo determinados estímulos comienzan a liberar moléculas pro-inflamatorias. Ese cambio de comportamiento celular se ha vinculado a algunos desencadenantes como: la inactividad, la obesidad, la dieta, las alteraciones de la microbiota, el estrés, los tóxicos ambientales de origen industrial, algunas infecciones crónicas y los efectos del consumo de tabaco.

Entre las infecciones crónicas, el citomegalovirus causante de mononucleosis está relacionado con el cambio de comportamiento de las células del sistema inmune. Así como el VIH que además de las alteraciones características sobre los linfocitos T CD4, produce un estado de inflamación crónica, que persiste más allá del control vírico de la enfermedad.

La inactividad tiene efectos negativos en múltiples sistemas, haremos foco en dos tejidos, el muscular y el adiposo.

El músculo esquelético produce y libera unas moléculas pequeñas llamadas mioquinas y citocinas, al torrente sanguíneo. Esto ocurre durante la contracción muscular y tiene el efecto de reducir la inflamación. Un estudio que incluyó a más de un millón y medio de personas, encontró que pasar de la inactividad a alcanzar los 150 minutos de actividad aeróbica de intensidad moderada por semana, se asoció con un menor riesgo de mortalidad durante 13 años. En contraste existe fuerte evidencia de la asociación entre la inactividad física y mayor riesgo de enfermedades relacionadas con la edad y mortalidad, como el aumento de los niveles de colesterol y de tensión arterial y así como el riesgo aumentado de padecer cáncer

Por otra parte, la inactividad física se relaciona con la obesidad y, en particular, con el exceso de tejido adiposo visceral (VAT), es decir la grasa que se encuentra rodeando a los órganos abdominales. El VAT pasó de ser casi un desconocido a ser un órgano complejo con comportamiento endocrino, inmunológico y metabólico, compuesto por varios tipos celulares (incluidas células inmunitarias). Las celulas de la grasa, llamadas adipocitos, no tienen una gran capacidad de replicación como otros tejidos y a medida que recepcionan más lípidos para almacenar, lo realizan principalmente a través de la expansión de la célula. Pero esta expansión tiene un límite que cuando se sobrepasa conduce a áreas de muerte celular, provocando inflamación local. Esto conduce a la infiltración de células inmunes en el VAT, amplificando la inflamación y promoviendo la degradación de la grasa con el consiguiente derrame de lípidos en otros órganos como el páncreas y el hígado, alterando su función y promoviendo la resistencia a la insulina y el hígado graso.

Por lo tanto, la obesidad visceral acelera el envejecimiento y se vincula a enfermedades cardiometabólicas, neurodegenerativas y autoinmunes, así como de varios tipos de cáncer.

Alteraciones en la microbiota

El complejo microbiano que habita en nuestros intestinos tiene muchas funciones relacionadas con la inmunidad, algunas descritas y otras tantas por descubrir y entender. Podemos centrarnos en dos, que se relacionan directamente con la inflamación sistémica de bajo grado. Algunas bacterias que componen la microbiota saludable son capaces de interactuar con las células del sistema inmune e inducir tolerancia. Es decir inducen la liberación de moléculas que limitaran las respuestas inmunes y la inflamación en general. Esta es una función muy importante para nuestro sistema biológico dado que es una de las razones para que no reaccionemos todo el tiempo contra las bacterias que habitan el intestino y las proteínas de los alimentos. Una microbiota equilibrada promueve este efecto más allá de lo local, generando efectos de control sobre la inflamación en todo el cuerpo.

La segunda se relaciona con que algunas bacterias de la microbiota regulan la capacidad del intestino de filtrar lo que se absorbe a través de sus paredes. Este mecanismo es muy importante, y cuando se altera, migran hacia nuestra sangre componentes de las bacterias, proteínas y otras sustancias que interactúan de forma no controlada sobre órganos y sistemas, alterando su función y generando inflamación sistémica de bajo grado.

Por tanto cualquier elemento que se conozca como disruptivo de la microbiota, como la dieta occidental, la ingesta de fármacos o la exposición a contaminantes induciran por esta vía inflamación crónica. Algo tan frecuente como el exceso de sal en la dieta, puede generar cambios adversos en la composición de la microbiota intestinal, específicamente en la población de Lactobacillus que tienden a reducir sus niveles. Esta población bacteriana, regula los linfocitos y mejora la integridad de la barrera intestinal, reduciendo así la inflamación sistémica.

Algunas características de la alimentación moderna, como la forma de cocción de los alimentos, con altas temperaturas y poca humedad, facilita la formación de moléculas que resultan inflamatorias en alimentos que en principio son saludables. El alto contenido de las dietas occidentales en azúcares, granos refinados y grasas trans son directamente proinflamatorios. También se ha comprobado que el consumo de alimentos procesados conduce al déficit de micronutrientes y vitaminas que afectan la fase de resolución de la inflamación.

Así mismo los ácidos grasos omega-3 que modulan la expresión de genes implicados en el metabolismo y la inflamación, son precursores de moléculas que participan en la resolución de la inflamación. La baja ingesta de pescado y una alta ingesta de aceites vegetales ricos en omega 6, promueven su insuficiencia. A su vez, varios estudios con pacientes han demostrado que la suplementación con omega-3 reduce la inflamación.


En el estilo de vida al que nos impulsa el capitalismo tardío, además de dietas proinflamatorias e inactividad física, también son frecuentes las alteraciones en la calidad del sueño vinculados a la contaminación lumínica y el uso de pantallas. La exposición a la luz azul especialmente después del atardecer, aumenta la excitación y el estado de alerta durante la noche, provocando la alteración del ritmo circadiano que a su vez promueve la inflamación.

El estrés psicológico que caracteriza a los ambientes laborales contemporáneos, con una alta exigencia, poco margen de decisión, disponibilidad permanente, no solo es agotador psicológicamente, sino que genera cambios fisiológicos. El estrés provoca la elevación del cortisol que al mantenerse de forma crónica elevado genera una disminución de la sensibilidad al mismo, que a su vez conduce a la inflamación sistémica de bajo grado y por ende a las enfermedades con él relacionadas.

Cada año, se introducen aproximadamente 2000 nuevos productos químicos en artículos que las personas usan o ingieren diariamente, incluidos alimentos, productos de cuidado personal, medicamentos recetados, limpiadores domésticos e infinidad de productos. El Programa Federal Tox21 de EE. UU ha analizado más de 9000 sustancias químicas encontrando que muchas de ellas alteran significativamente las vías de señalización molecular que subyacen a la inflamación. Destacan ftalatos, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, bisfenoles, hidrocarburos aromáticos policíclicos y retardantes de llama. Estos pueden dañar directamente las células, causar estrés oxidativo o alterar la función de las hormonas. Tienen capacidad de generar cánceres dependientes de hormonas, síndrome metabólico, diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedad cardiovascular, alergia, asma, ​​enfermedades autoinmunes y neurodegenerativas. Decir que estas sustancias están omnipresentes en nuestro entorno al cual llegan en formato de plásticos provenientes de botellas, de bolsas, de ropa, de teflon para cubrir sartenes, de cucharas para cocinar de zapatos impermeables, de barnices para proteger superficies, de sillones que no se prenden fuego y de casi todos nuestros artículos de uso cotidiano. Simplemente envejecen y liberan estos componentes que ingerimos permanentemente.

Conclusión

Así que tenía razón mi peluquero en algo: gordura e inflamación no son lo mismo. Pero se alimentan mutuamente, comparten causas profundas y juntas definen buena parte de las enfermedades que más nos afectan hoy. Y la buena noticia es que la mayoría de esos desencadenantes están al alcance de nuestra intervención. Desde Medbiota te brindamos herramientas prácticas para reducir la inflamación sistémica de bajo grado y así trabajar sobre la raíz del problema.


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