¿Tiene sentido hacerse un test de microbiota? La respuesta incómoda
Los test de microbiota tienen sentido si entendemos sus límites: la ciencia aún no define qué es una microbiota "normal". Te contamos por qué, y qué sí sabemos.
Dra. Alicia Morquio
6/30/20267 min read


¿Tiene sentido hacerse un test de microbiota? La respuesta incómoda
Cualquier persona con un poco de perspicacia ha notado que en la margen derecha de una analítica sanguínea existen unos valores de “referencia”. Dichos valores nos indican los rangos de normalidad, o en otras palabras, entre esos valores tendríamos a la mayoría de las personas que no tienen enfermedad que afecte ese parámetro. De hecho para quitarle el sueño a más de un paciente, si algún valor está fuera de rango, el laboratorio lo informa remarcado en negrita. Este tipo de informes le simplifica la vida al médico, quien puede trazar una clara línea entre lo que es un valor “normal”, y lo que nos pone en alerta de que algo no funciona bien y por ende aumenta el riesgo de tener un problema de salud. Hay que aclarar que tener una analítica sanguínea que muestre valores normales no quiere decir que no tengamos una enfermedad, así como un valor alterado no siempre es correlativo a una enfermedad concreta. Como fuere, con la microbiota, como con otros ecosistemas complejos, no es tan simple definir que es una composición saludable o normal, salvo los claros extremos o cuando detectamos la presencia de algunas bacterias que sabemos generan enfermedad. Parte de esta complejidad radica en la alta variabilidad que tienen los componentes de la microbiota entre los individuos, con muchos factores que influyen en la misma durante la vida adulta, desde factores ambientales hasta factores genéticos, transferencia entre personas o tabaquismo. A su vez esta composición personal no es estable a lo largo del tiempo y es susceptible de responder a diversos estímulos como cambios en la alimentación o infecciones. También sabemos que la microbiota cambia su composición a lo largo de la vida con algunas características comunes a todos los humanos, ejemplo de esto es que los lactantes nacidos por parto vaginal y alimentados a pecho directo presentan característicamente una baja diversidad de bacterias, contrastando con el resto de etapas de la vida donde la baja diversidad generalmente no se corresponde con la salud. También las personas de edad avanzada sufren cambios específicos en la microbiota con pérdida de algunas especies definidas. Un desafío aún mayor es establecer patrones saludables durante los momentos de transición de una a otra etapa, como sucede en la adolescencia, momento en que las hormonas sexuales tienen un peso relevante en la conformación microbiana.
Muchos de estos problemas mejorarían si se recogiera una extensa cantidad de datos, sin discernir entre “enfermos” y “sanos”, y luego se extrajeran conclusiones sobre los datos emergentes en función de las edades. Esto puede ser un pensamiento a futuro, la realidad es que no se han caracterizado patrones saludables en países que llevan más de 20 años realizando estudios. Y considerando que los factores ambientales y culturales son determinantes, estos datos no serán fácilmente extrapolables a otras poblaciones o grupos minoritarios. De hecho, en general existe una importante carencia de datos sobre la composición microbiana de las poblaciones del sur global.
Diversas formas de estar bien
Quizás para analizar este problema, una analogía interesante sería pensar en una “alimentación saludable”, y es que no existe una única alimentación que nos brinde salud. Podemos decir que la dieta pesco mediterránea ecológica será muy saludable, pero no tiene sentido si una persona vive en la Amazonia o en el norte de Canadá. Sus necesidades energéticas y vitamínicas no son las mismas, así como tampoco la disponibilidad de alimentos de cercanía de un lugar u otro. De hecho, históricamente, estas poblaciones han tenido dietas muy distintas. Gracias a los antropólogos que se aventuraron en estas zonas sabemos que la dieta de los achuar en la Amazonía ecuatoriana, como la de los inuit en el norte de Canadá, fueron sumamente distintas, sin que esta cuestión implicara un problema nutricional. Partiendo de que los patrones nutricionales dejan su impronta en la composición de la microbiota, es de esperar que existan patrones diversos influenciados por características geográficas y culturales, y en efecto así es. Gracias a los estudios realizados puntualmente en etnias amazónicas y africanas sabemos que las etnias no occidentalizadas presentan patrones muy variados entre sí pero con características que las hacen sustancialmente diferentes a los microbiomas de las poblaciones industrializadas o urbanas. Estas últimas se caracterizan por una menor diversidad bacteriana, apoyando la noción de que se está produciendo una pérdida general de especies con el aumento de la industrialización. Está establecido que estas poblaciones también se diferencian por las enfermedades que padecen, donde en el primer grupo continúan siendo más frecuente las enfermedades infecciosas y en el segundo predominan las enfermedades crónicas como las cardiovasculares, el cáncer, metabólicas (obesidad y diabetes), respiratorias, neurodegenerativas y mentales. Para este segundo grupo de enfermedades existen tanto publicaciones como investigaciones en curso que establecen fuertes vínculos con la microbiota.
Entonces, ¿cómo asociamos la microbiota con una enfermedad?
Para subsanar algunas de estas cuestiones cuando se realizan estudios para conocer la microbiota de personas que tienen una enfermedad se buscan controles “saludables” que presenten características poblacionales similares y luego se buscan coincidencias en la microbiota de los enfermos. Luego, mediante modelos de laboratorio, se intenta comprender los mecanismos por los cuales la microbiota se vincula a la enfermedad.
Es de esperar que, a medida que aumenten las publicaciones de estudios que se extiendan en el tiempo y en distintas poblaciones, puedan brindarnos informaciones cada vez más completas y detalladas de los parámetros que caracterizan al espectro de microbiotas saludables y, a su vez, poder identificar las que se correspondan con enfermedades definidas antes de que estas se manifiesten y así facilitar intervenciones tempranas. De hecho sí que conocemos algunas correspondencias entre patrones microbianos y enfermedades, por ejemplo el patrón Bact 2 caracterizado por una alta abundancia de bacterias Bacteroides, una baja biodiversidad general y una deficiencia de Faecalibacterium se correlaciona con inflamación sistémica. También la asociación de Fusobacterium spp. y E. coli pks+ con el cáncer colorrectal, así como la asociación de la trimetilamina N-óxido (TMAO) de origen microbiano con enfermedades cardíacas.
Retomando el concepto de diversidad que atiende tanto a la variedad de bacterias como a las representación de cada grupo, una mayor diversidad en la vida adulta en líneas generales se asocia a salud, pero no tenemos referencias claras de normalidad. Algo similar ocurre con el concepto de resiliencia, capacidad de la microbiota para recuperar su estabilidad luego de una disrupción, pero aún no podemos medirla de una forma sencilla.
La mayoría de los estudios poblacionales se enfocan en la composición bacteriana, es decir podemos saber a grosso modo que grupos bacterianos se encuentran, pero no se identifican cepas concretas. Sabemos que algunas cepas interactúan de formas muy diferentes con nosotros, un ejemplo es la bacteria Escherichia coli , E. coli enteropatógena (EPEC) y E. coli enterohemorrágica (EHEC), son patógenas y pueden causar enfermedades gastrointestinales graves, mientras E. coli Nissle 1917 se considera un probiótico con propiedades antiinflamatorias.
Con mucho menor frecuencia y precisión se estudian escasos datos de funcionalidad, es decir ¿qué están haciendo y cómo interactúan con nosotros? A veces se contabiliza el butirato como producto metabólico, pero es de una gran fluctuación diaria producto de la dieta. Por otra parte, las protagonistas son las bacterias, pero esto es una arbitrariedad de quien estudia la microbiota, virus, arqueas y protistas continúan siendo aún más desconocidos en cuanto a composición y funcionalidad, pero están ahí, haciendo cosas también.
Pluralidad de patrones saludables
Existen muchos patrones de composición de la microbiota en personas que no padecen ninguna enfermedad, a su vez la microbiota no es un elemento estático, por el contrario es un sistema de gran plasticidad con la capacidad de presentar variaciones temporales ante distintos estímulos externos. También la edad aporta modificaciones específicas, los patrones alimenticios, culturales y ambientales moldean y personalizan este complejo microbiano y sus interacciones. Si bien la alteridad y la variación interindividual parecen ser la regla, se comienza a hablar de un espectro de composiciones normales.
Ahora, ¿qué valor clínico tienen actualmente los test que realizan los laboratorios privados?
Durante el XVII congreso de la Sociedad Española de microbiota en febrero del 2026, surgió esta misma pregunta, y la respuesta fue ninguno. Para comenzar, al carecer de un patrón de normalidad establecido y consensuado, desconocemos en función de que nos pone en alerta el hecho de que haya un grupo bacteriano más bajo que otro, o que están bajos los fermentadores primarios o el butirato. No existen directrices claras de que al hallar valores bajos de estas poblaciones bacterianas haya que reponerlas o de qué manera, o si esto tiene una correlación clínica. De hecho, como se puede leer en los artículos previos, las bacterias se entrelazan metabólicamente, por lo que mejorando los sustratos nutricionales de algunos grupos mejoran otros que se encuentran en la red trófica. Aún hay información para dilucidar y poder trabajar dentro de este ámbito, actualmente se pueden encontrar publicaciones científicas muy bien realizadas que explican los mecanismos vinculantes entre la microbiota y enfermedades específicas, así como ensayos clínicos (similares a los que se realizan con fármacos) para probar eficacia en tratamiento con probióticos. Esto nos permite un margen de actuación más previsible, serio y profesional.
Pero en lo que la mayoría de los profesionales de la salud estamos de acuerdo es que solicitar un examen que oscila entre 200 y 500 euros que salen del bolsillo del paciente y brinda información no consensuada y que no se correlaciona con un tratamiento específico pone en tela de juicio nuestra ética.
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